Como vive un inmigrante en New York.....Melchor, Elmer y Baltasar.
MELCHOR, ELMER Y BALTAZAR
La Penn Station de New York; es inmensa, imponente, últimamente mi gran desconocida, es mi conexión, de cada fin de semana, creo que nunca terminare de conocerla por ese misterio que le da el transito diario de miles de pasajeros en un ir y venir, es un hormiguero lleno de voluntades de mundos desconocidos. Es una confusión de escaleras fijas, automáticas, restaurantes, cafeterías, farmacias, entidades financieras. La estación de la policía, letreros, espacios; la rotonda donde los pasajeros esperan antes de partir o al llegar de un largo viaje. Miles de siluetas con ojos que se cruzan y no se ven; movimientos de seres con voces que se convierten en murmullos que no se oyen; nadie tiene un rostro preciso ni voz, “todo” es tan de prisa, solo sonidos y lamentos de los trenes y la gente.
Es uno de esos domingos de primavera, se siente ya el verano que amenaza con llegar muy pronto; empieza a calentar, el subterráneo deja sentir su respiración que fastidia y agobia.
Mi sudor humedece mis ojos, ahora me acompaña el café sobre la mesa del STARBUCKS Coffee, mis pensamientos pesimistas y el recuerdo de tantas horas compartidas en este lugar con Melchor Pérez y Elmer Mideros, amigos de soledades.
Solíamos encontrarnos todos los domingos y algunos otros días de los famosos "HOLIDAYS" hablábamos tanto de muchos temas, mejor dicho “hablaban” (porque ellos decían que solo sabía escuchar), esperábamos esos momentos para que las palabras fluyeran en sucesión interminable como las ondas del mar, obviamente teníamos la necesidad imperiosa de transmitir todas las vicisitudes que experimentábamos en este país de inmigrantes que nos cobijó, y en el cual no nos aceptan por completo, ni nosotros, logramos integrarnos totalmente.
En uno de esos días, en los que me abrazan los recuerdos, para colmo aquellos que entristecen… trayendo a la memoria esos relatos de mis amigos del STARBUCKS coffee. Teníamos mucho en común, como el haber concluido; no tener otro remedio que emigrar como muchos, huyendo de esa sorda turbulencia en que se encuentran los países en desarrollo, los apagones, las bombas, los coches bombas, las velas, los grupos electrógenos, las sirenas policiales y una fila interminable para conseguir artículos de primera necesidad. Los grupos terroristas asesinos que creen tener la razón de la fuerza y el poder de las armas. Las políticas económicas inadecuadas, la falta de inversión productiva, el desempleo, la poca transparencia en las actividades gubernamentales, gobernantes de turnos y sus gobiernos improvisados que se distribuyen los cargos públicos; la polarizacion, algunos ricos y muchos extremadamente pobres, la devastadora e inaceptable, corrupción, la impunidad, la violación de las libertades básicas, las injusticias, la marginación, la exclusión y otros deslices que van de la mano, inclinaron la balanza para que muchísima gente traspasara "los muros y murallas" del norte, como nosotros, que de la noche a la mañana nos encontrábamos buscando oportunidades en este país de inmigrantes, de sueños, de especulación, de poder. Entrar aquí no fue problema por que pudimos acceder a tener un pasaporte con visa, pero no pudimos escapar del repugnante momento que en la aduana esculcaron nuestras valijas, generando en nosotros una humillación obvia.
No tuvimos la fortuna de salir, por que no se puede pasar libremente por todas las fronteras ¡quien pudiera viajar y ser libre para traspasar otras latitudes, conocer otros mundos! Como hacia mucho tiempo en que el ser humano hacia uso de su derecho a la movilidad y a su libre ubicación, movimientos naturales espontáneos y legítimos que ahora se detienen con leyes, reglamentos en prohibiciones y sanciones. Aquí aprendimos la verdad de muchos que cruzan mares, desiertos, la selva. La hambruna si que es cruel y la agonía del hambre obliga con una fuerza interior insospechada a millones de valientes seres humanos a arriesgarse a cruzar otros horizontes, muchos no lo logran y son ellos los que engrosan las filas de aquellos que se quedaron en el intento. Es el sistema, la globalización u otros seres humanos que no tienen piedad de sus congéneres? O son realmente culpables aquellos que quieren encontrar o tener la esperanza de vivir una vida mas digna o soñar que sus derechos sean respetados, tener la ilusión de vivir en un mundo mas equitativo, sin hambre, sin injusticias? Sin embargo, se alivia el hambre, empero continúa la pobreza, se permite la exclusión, se vive como marginados mientras no se consolide la estadía como residente o ciudadano.
Mientras tanto se percibe esa actitud antinmigrante, xenofóbica que rechaza a la gente que sale en busca de superación, actitud injusta, incierta, hasta ingrata, porque mayoritariamente aquí o en cualquier país en algún momento esas personas han sido, o tal vez son o serán inmigrantes.
Es la soberbia de algunos que dicen llamarse ciudadanos por "origen" o fortuna condición que se soporta y acepta con resignación por un trabajo, por cubrir las necesidades básicas, por una educación, por una vida mas digna.
Siempre pensamos que nuestros problemas son más difíciles de soportar, pero cuando aprendemos a oír otras experiencias realmente quedamos absortos de otros sufrimientos.
Conocí a Elmer Mideros en la Barnes and Noble (tienda de libros) de Union Square en Manhattan, New York, edificio de cuatro pisos color ocre, él, como yo coincidimos en la sección de libros en español, nos dirigimos al tercer piso, la cafetería, espacio grande con mesas y sillas, observas en las paredes los retratos de grandes filósofos, científicos y pensadores. En los alrededores mucha gente concentrada en la lectura, escribiendo y otros absortos en sus mundos. Nuestra afición por la literatura nos permitió tener una larga conversación y seguir viéndonos días posteriores. Él de ejecutivo y empresario consiguió empleo en un warehouse (almacén) distribuidora de baldosas, vinílicos, alfombras; su trabajo consistía en limpiar todo el lugar; oficinas, pasadizos, espacios para almacenar la mercadería, los exteriores, el parqueo era inmenso, recortar el pasto crecido de los jardines, las horas le faltaban para completar toda esa rutina asfixiante que laceraba su orgullo y la soberbia de sus años exitosos. Empezó a trabajar un miércoles de febrero en pleno invierno, llegó a las 5.45 a.m. Aún la noche se cubría de oscuridad y el frío calaba los huesos, era muy temprano aún no llegaba nadie, a los pocos minutos apareció Manuel designado para enseñarle su nuevo oficio, colombiano entrado en años, calvo, anteojos muy gruesos, parlanchín, a veces malhablado, tuvo que renunciar a las fuerzas armadas de su país, por que fue amenazado por los de la FARC; cada uno con su historia; estaba contento por que dejaría de limpiar, había ascendido en el corto escalafón de la distribuidora.
Elmer pensó que limpiar era algo tan fácil de realizar, craso error, los acontecimientos le demostraron lo contrario, esperaron a que llegara el encargado de abrir las oficinas y luego Manuel con la experiencia ganada en los tres años de actividad se tomo todo el tiempo que le brindaba la coyuntura para enseñarle los trucos de la limpieza. Empezaron por las oficinas resguardadas todas las noches por inmensos canes, todas las mañanas el hedor de mierda y orines era tan evidente, recogía esa inmundicia y no podía controlar el asco y terminaba devolviendo su mediocridad y sus miedos. Nunca pensó que en este país se empleara a perros para resguardar las oficinas teniendo a la mano alta tecnología en seguridad. Lavar los pisos y eliminar todo indicio de los excrementos de las fieras; limpiar y acomodar los escritorios, recoger y cambiar plásticos de los cestos de la basura; luego de limpiar las oficinas pasaba a los almacenes que eran inmensos espacios con anaqueles altísimos, donde se acumulaba la mercadería distribuida por sectores; cada sector tenia un código según el producto. Allí de igual forma recogía la inmundicia de las fieras y con un enorme escobillan recogía los plásticos, papeles y demás restos acumulados y vaciarlos en depósitos. En la tarde con un montacargas "un carrito que funcionaba a gas, con tenazas en la parte delantera" recogía todos los depósitos de basura para vaciarlos en un conteiner que se ubicaba en la parte trasera de un edificio y también servia como cochera de inmensos camiones que eran cargados todas las tardes. Aprender las primeras frases en ingles para comunicarse con los empleados también era una tarea; en fin una serie de detalles que Manuel con prontitud y esmero le ponía al corriente.
Aquí no termino el aprendizaje, enseguida apareció otro personaje, un señor de aproximadamente 70 años; malgeniado, huidizo, evasivo, misterioso: un alemán que llego a fines de los años cincuenta que le hacia recordar a Harry Haller, el protagonista del lobo estepario de Hermann Hess; el le dio indicaciones para el mantenimiento del área exterior del edificio, generalmente limpiar los alrededores y usar la maquina podadora, trabajo de por si agotador por su falta de costumbre para ejercer dicho oficio; desde el momento en que se vieron nació una animadversión que le causo serios problemas en el curso de los meses que estuvo allí; tuvieron poca comunicación por el idioma, Elmer hablaba castellano; Adolf hablaba alemán; el ingles de ambos era malísimo.
En las postrimerías de ser despedido; cambiaron los sentimientos; Adolf se dio cuenta de lo infundadas que eran sus razones de esa animadversión y para reparar su falta de tino o tener tranquila la conciencia le regalo un televisor y una flamante videograbadora; Elmer lo acepto con agrado como disculpa y cortesía.
Elmer se aferro a su nueva ocupación; su porvenir era más negro que la propia muerte si es que esta tenía color. Su hogar desmembrado, su negocio quebrado, solo deudas y responsabilidades que habían quedado por cumplir, fue esa fuerza interior lo que lo mantuvo inalterable. Y pudo consolidar las metas que se trazo y que ocupaban sus pensamientos.
En su hora de descanso "lunch" conjugaba sentimientos encontrados; se alejaba por un momento de esos quehaceres y volvía a ser otro, el que siempre quiso ser; exitoso empresario, buen padre, con un hogar estable; la realidad pesaba toneladas; estaba lejos de olvidarse. Ese cuarto de madera "oficina" también le servia de comedor, allí vaciaba esos recuerdos que lo atormentaban, todo lo que allí cabía era mudo testigo de sus pensamientos y tristezas por una hora que era el descanso; se transportaba a miles de kilómetros y se sumergía en el mundo de sus recuerdos fallidos. Era tan difícil para Elmer estar allí, se sentía al borde de la locura, los cuestionamientos eran constantes y cercanos y las respuestas que no están en ningún lado. El quería permanecer sereno empero la sensibilidad de la distancia y los errores de su pasado se apoderaban de él, era tarde, absolutamente las lágrimas inundaban sus ojos y sus pesares traspasaban los umbrales de su alma. Se disculpaba por llorar y decía: creí que había llorado tanto y que esas lágrimas habían regado aquellos árboles que sembró un buen día inconscientemente, hijos que no tuvo. Lloró tanto aquel día contándonos sus penas y por diferentes razones que prometió no llorar más.
Conocí a Melchor un domingo cualquiera deambulando por New York. Entre al STARBUCKS Coffee de Penn Station, haciendo fila en el cashier (caja) para pagar un capuccino, estaba desorientado él como yo quería consumir el tiempo, el día era lluvioso, conversábamos y compartimos la mesa. Melchor Pérez de recia musculatura, rostro pálido, alegre a pesar del infortunio, con pasaporte de España heredado, por ser hijo de un español que también fue inmigrante buscando fortuna en las Américas "todos hemos sido, somos o seremos inmigrantes" concluimos.
Don Eustaquio Pérez su padre, asturiano, empezó a trabajar a los 14 años en Sama de Langreo cuenca minera de carbón, una de las mejores de España, en los años veinte del siglo pasado, perteneció a la Juventud Socialista y al Ejercito Republicano, con el grado de sargento, cuando cumplió 24 años se inicio la guerra civil con el levantamiento de los militares con el general Franco a la cabeza y con la ayuda de Hitler y Mussolini; se quedo cuarenta años en el poder; tiempo de feroz represión, cayo herido en Oviedo y fue hecho prisionero en octubre 1937, paso cincuenta días en un campo de concentración en Asturias, llego a pesar treinta kilos; solo ingería agua con leche y mientras estuvo prisionero pasaba sus días arreglando puentes y carreteras; había mucha hambre y miseria, fue ayudante de un cabo del ejercito de Franco, que se encargaba de las adquisiciones, compraban mercadería barata en Galicia y Santander; aun conocedor del peligro que la actividad representaba, se inclinaron por robar a la intendencia, para revender los productos en casi diez veces su valor de compra. Actividad que realizo hasta 1943; año en que quedó en libertad, eran los años de la segunda guerra mundial, España se mantuvo neutral; empero la recesión se dejaba sentir y decidió huir de la pobreza y la post guerra y traspaso el charco para salvar murallas "de libertad y bienestar". Quiso ir a la Argentina, empero llego a sus oídos que Perú era un mejor destino y se apresuro emulando a Cristóbal en sus carabelas, a Hernán y a Francisco y sus 13 del gallo, sin necesidad de visados y otros formulismos llego a la tierra de los Incas. Fungió como promotor taurino, motivado por la creciente afición de los peruanos a ese tipo de espectáculos, poco tiempo después fue libertino y bohemio y en esas carreras donjuanescas conoció a Beatriz, la madre de Melchor quien sucumbió a los "encantos" del inmigrante, ella recibió una herencia que fue una casa y dinero en efectivo; lamentablemente problemas en el seno de la familia, acabaron con la herencia. Formaron una familia, los primeros años todo fue color de rosa y luego; la madre enfermo de artritis por lo que quedo impedida y postrada. Eustaquio parecía trastornado y desquiciado, el hogar era un infierno, las agresiones físicas y psíquicas eran continuas, le tenían terror, solo de saber que llegaría, el miedo se apoderaba de todos. Se mudaron un tiempo a Chincha a una casa hacienda (ciudad al sur de Lima), plantación de algodón, disfrutaron de aquellos días cosechando ese producto. Recuerda que estuvo a punto de ser picado por una araña muy grande, desde allí se quedo con esa fobia, jugaba con la masilla (componente usado para la instalación de vidrios en las ventanas) hacia figuras o muñecos reemplazando a la plastilina. Por corto tiempo disfrutaron de comodidad, pero tuvieron que regresar a Lima y se instalaron en una casa muy cerca de la plaza de toros (Plaza de Acho). En esos años Melchor asistió a la escuela, jugaba y estudiaba como cualquier niño. Lamentablemente el padre abandonó el hogar y dejó en la mas terrible de las miserias a la familia; las necesidades y carencias obligaron a Melchor a trabajar lustrando zapatos en el parque central de Miraflores. Empezó con una caja de madera que no era suya; luego pudo hacerse con su material de trabajo, mas adelante diversificó sus servicios ofreciendo periódicos y revistas y cuando era requerido para cobrador de microbuses, allí estaba él, ganándole la batalla a la miseria.
Después de un largo día regresaba a casa y encontraba a la madre postrada física y espiritualmente impedida de hacer algo por sus hijos que se perdían irremediablemente. La escuela para ellos no era pan de cada día (que ironía) unos días si, otros muchos no, de tal manera que no tuvo acceso de seguir estudiando. Empezó a vivir entre un mundo subterráneo y delictivo, lamentablemente se fue convirtiendo en un niño de la calle; la miseria de cada día golpea con fuerza y conoce otros seres desvalidos con hambre de pan, amor, de educación, y la calle fue dura e inflexible, lo amoldo a sus vicios, se inicio en el arte de delinquir y con el tiempo se hizo mas diestro para robar, se unió con chicos mas grandes y avezados y formo pandillas de niños asaltantes que arrebataban en el centro de la ciudad (llamados pirañitas) tuvo acceso al (terokal) pegamento muy fuerte usado en la industria de la construcción, los niños de la calle lo utilizan para doparse según ellos en ese estado no se siente hambre ni frío. Cuando cumplió los 13 años se entero de la muerte de su padre en el terremoto del 31 de mayo de 1970; desapareció una ciudad completa, Yungay en el departamento de Ancash, aproximadamente a 400 kilómetros de Lima la capital de Perú. Aquel día era fiesta en Yungay, había un circo y la gente reventaba cohetes de papel, ruedas tronadoras , había globos multicolores y de pronto un ruido ensordecedor, una avalancha de fango y piedra rodaba por los cerros y todo temblaba, era un alud que cubrió la ciudad, la sumió en la mas absoluta oscuridad, solo quedo como testigo la rama de una palmera alta y la estatua de Jesucristo y se salvaron algunos pobladores que disfrutaban del espectáculo del circo montado en la cima de un cerro. Hecho que lo sumió en depresiones y lo odio mas, tuvo la secreta esperanza de que el volvería a casa. Empezó la secundaria y nunca lo termino. En esos días ya adolescente lo reclutaron para vender ketes (paquetitos de droga para el consumidor final). Sorpresivamente en algunas ocasiones la policía irrumpía en aquellos lugares de venta de droga y le revisaban; el se deshacía de los paquetitos para no ser arrestado. Era consciente de que cada día se hundía mas en su desgracia, de tener una existencia marginada y miserable; la policía varias veces lo capturo y siempre escapaba del centro de menores en que era recluido, decía que prefería estar fuera, por que adentro, todos los internos eran maltratados. Se conocía todos "los huecos" (zonas de la ciudad donde se negocia la droga y generalmente pululaban las prostitutas, vagos, rateros, bandidos, consumidores. Su madre sufría terriblemente y siempre le hablaba suplicándole que dejara esa vida sin sentido, tormentosa y con un futuro incierto y desgraciado. Aunque su alma estaba endurecida; Melchor escuchaba y trataba de enmendarse, afortunadamente aprendió el oficio de electricista.
Un hecho que le hizo meditar y cambio el rumbo de su vida para bien, fue la noche en que salio a las dos de la madrugada con un cómplice a un barrio residencial para robar, entraron a una casa y la suerte acabó, el dueño se despertó de su profundo sueño y los redujo, tuvieron que huir, fueron perseguidos por la policía, cogieron al compañero; el se escondió debajo de un viejo auto y tuvo que permanecer en ese escondite por horas en una posición incomoda, esperando el momento propicio para salir, y luego seguir huyendo.
Motivo mas que suficiente para reflexionar, en el ínterin de su relato preguntaba crees tú que los delincuentes y drogadictos se recuperan? Así fue, el se "plantó" jerga de los bajos fondos, que denota que el delincuente pretende reinsertarse a la sociedad.
Fue un acontecimiento que hizo cambiar su "modus vivendis", alquiló un kiosco en un mercadillo de su barrio y ofreció sus servicios en una especie de multioficio, siendo su especialidad la electricidad y la fontanería (plomero). Fue así que Melchor se reinserto en la sociedad voluntariamente y el siempre decía que lo hizo por su madre y que la divina providencia tuvo mucha influencia para ese cambio. En ese lugar conoció a la que fue su esposa, motivo mas que suficiente para reafirmar la voluntad de una vida diferente, asistía puntualmente a su autoempleo, generalmente a las siete y media de la mañana, abriendo el kiosco de madera, revisaba y alistaba su caja de herramientas que había conseguido en "la cachina" de la avenida Aviación (una especie de mercado de las pulgas) lugar donde se comercializan productos de dudosa procedencia; el era conocido en ese ambiente y obtuvo jugosos descuentos.
Y pasaron los días, semanas y algunos meses y cada vez ampliaba su cartera de clientes, tuvo un cambio sustancial en sus patrones de conducta; responsable, honesto, puntual, carismático, virtudes que salieron a relucir de pronto y que coadyuvaron a mejorar sus relaciones interpersonales. Melchor fue flechado por cupido, el amor toco sus puertas y en un romance intenso contrajo matrimonio cuya unión le dio tres hijos, pasaron algunos años y la violencia terrorista recrudeció, en ese entonces imperaba uno de los peores gobiernos de turno; la hiperinflación, la corrupción, el caos, el desorden interno; los senderistas con el aniquilamiento selectivo, los apagones y coches bombas de todos los días; precisamente un artefacto explosivo acabo con años de trabajo y arrepentimiento de Melchor, los terroristas hicieron explotar un coche bomba en una agencia bancaria ubicada en el mercadillo donde funcionaba el kiosco, el y otros sufridos emprendedores de ese entonces perdieron su material de trabajo. De pronto se quedaron sin su autoempleo, la fuerza de voluntad y los recuerdos de hambre de su niñez lo fortalecieron para buscar otra actividad y fue transportista (conductor de microbús), oficio que no ejerció por mucho tiempo por que había decidido marcharse; los hijos crecían y le dolía sentir que ellos sufrieran las mismas dificultades de su niñez.
Eran los años en que muchos peruanos tomaron la decisión de salir al exterior, en esos días a manera de broma el que se iba dejaba el siguiente mensaje: "el ultimo en salir que apague la luz". La madre y la hermana partieron a la Argentina, él y su familia por su parte emigraron a USA (New York), donde trabajó en todos los oficios posibles, su ultima ocupación en esa ciudad fue precisamente en uno de los últimos pisos de una de las torres gemelas: World Trade Center, había sido recomendado para trabajar en un restaurante: WINDOWS OF THE WORLD (ventanas hacia el mundo); lo hizo hasta el 10 de setiembre del 2001 ya que al día siguiente unos locos fundamentalistas sembraron el terror en el mundo al dirigir dos aviones de servicio comercial con pasajeros civiles a bordo hacia las torres, a pesar de ser un día soleado y esplendido el día se volvió gris por el polvo y el humo que emano de ese espectáculo dantesco, era tiempo de morir para miles de seres que sintieron el abrazo de la explosión, todos huían sin avanzar en una confusión obscura, terrible y gritos inolvidables que parecían brotar de las sombras. Algunos con la memoria ausente querían escapar de las heridas del terror y saltaron flotando hacia el vació en una afán desesperado de aferrarse a la vida. Fue la aberración de la naturaleza humana, seres cobardes sembraron lamentos y dejaron siluetas desnudas y la leyenda del país más poderoso reducida a escombros, sangre y tristezas. Los ojos del mundo contemplaban incrédulos esa masa deforme, el dolor indescriptible, los gritos lastimeros cuyos ecos aun resuenan, los cuerpos hechos cenizas confundidos en el viento y la sangre inocente derramada; fue la tarea de invisibles asesinos.
Melchor, peruano de espíritu con pasaporte y ciudadanía española partió a Madrid con la familia, eran tiempos de cambios y quiso hacerlo, no tenia trabajo y pensó que lo mas sensato era ir a la tierra de sus antepasados a encontrar un lugar para anclar definitivamente en algún puerto que muchos años antes su padre uso para salir por lo mismo, buscando un sueño, creyó que estaría mejor en España. Aquí en Norteamérica tuvo muchos problemas con la diferencia del lenguaje y su estatus legal; la oportunidad de establecerse en Madrid se hizo realidad. No tuvo dificultades de adaptación y después de algunas semanas de revalidar algunos documentos consiguió trabajo; al fin la vida le volvía a sonreír; y pasaron algunos meses en un ir y venir levantándose muy temprano y abordar el tren que lo llevaría puntualmente a su centro laboral, lejanos estaban aquellos recuerdos de su niñez que a veces lo atormentaban, prefería vivir su presente disfrutando lo que la vida le regalaba: su familia y comunicándose con poquísimos amigos que había dejado en New York.
Madrid despertó con los afanes de todos los días, era muy temprano, mucha gente ansiosa de esperar con éxito su día laboral, de pronto un estruendo terrible, se escucho el grito de los hierros y el acero del tren, una explosión que hizo temblar los cimientos de nuestra sociedad; fueron breves momentos que parecían una eternidad, lluvia de vidrios, de hierro, de plásticos y objetos que caían en medio de una nube de polvo y humo, se veian y se escuchan los sordos gemidos de personas heridas y algunas inmóviles; es otra vez el terror negro, invisible y cobarde, es una catástrofe, una confusión inesperada, cuerpos destrozados levantándose, aferrándose como náufragos a la vida, miembros esparcidos aun temblando que parecían figuras geométricas amorfas, rostros pálidos, ojos abiertos sin mirada fija, dientes apretados, solo gritos de angustia clamando ayuda, fue un día terrible, imposible para el mundo de creer que haya seres capaces de tamaña brutalidad; actitud despiadada y cruel de asesinos. Otra vez la inaudita fatalidad para los pobres que están en todas partes. Ahora solo queda el alma de aquel tiempo de un Melchor luchador e incansable que trato de vencer sus miedos y sus miserias, ejemplo palpitante esperanzado de ganar al infortunio, quiso triunfar para conseguir ese pan y disfrutarlo libremente con su familia, hablando a cada instante de sus proyectos, de sus anhelos de superación, tratando de alejarse de la pobreza, es once de marzo y Melchor compañero y amigo de soledades del STARBUCKS coffee, surge como un ejemplo de entrega y de recuerdo de un gran compañero, de un alma picaresca con un noble corazón, siempre con su ropa desgastada oliendo a sudores de un arduo día de trabajo.
DRAGONES ALADOS VUELAN SOBRE MI MENTE
Volví a sentir unas inmensas ganas de vivir cuando descubrí que el sentido de mi vida era el que yo le quisiera dar.
Cuanto más se aproxima uno al sueño, más se va convirtiendo la Leyenda Personal en la verdadera razón de vivir.















Antonio dijo
Un grandioso post, felicidades, me cuesta un poco leer mucho texto junto, pero eso no me ha impedido hacerlo, solo faltan unas fotos para recrear lugares.
Genial, como pocos he tenido oportunidad de leer en La Coctelera.
Si me permite te pondré en mi lista de amigos, aún sin serlo, para no perder de vista tus escritos, no hay otra manera.
Un saludo desde Barcelona España, y mira si los inmigrantes lo pasan mal, solo hay que mirar en la calle y verás lo cierto de tu post.
7 Agosto 2006 | 12:13 PM