Tocamos tierra Loretana casi a finales de los años sesenta, al bajar se siente los rigores del clima, netamente tropical, mucho calor y la humedad te agobia. Presagiábamos que íbamos a tener dificultades para nuestra adaptación.

Las ciudades de la selva encierran una serie de mitos y leyendas que transmiten propios y extraños de generación en generación.

Los árboles son muy altos y pareciera que se agarran entre si de lianas y espinas.

La tierra es húmeda y despide un olor que se va introduciendo por la nariz y se siente que llega al corazón, te sensibiliza.

Hay hormigas de muchos colores y tamaños negras marrones, rubias, obreras, avispas muy grandes y agresivas, lagartos, gusanos y víboras, pájaros de infinidad de especies multicolores, bandadas de pericos disputándose los guayabales. Cochas, (charcos) lagunas, ríos y la majestuosidad del Amazonas que albergan variedad de frutos de aguadulce.

Abundan escondrijos de insectos por doquier, los grillos verdes que se confunden con los arbustos y ramajes; las luciérnagas que alumbran brevemente la oscuridad absoluta, víboras que se arrastran amenazando con su liquido letal.

Toda la fauna de especies vistosas que esa naturaleza nos brinda y otros especimenes que rivalizan con el poblador de la selva, como los otorongos, jabalíes, lagartos, pumas.

Los hombres con sus machetes, esfuerzo y sudor van abriendo trocha y espacios para cultivar el alivio del hambre y cubrir sus necesidades primarias; luchan contra ese monte enmarañado muy espeso; anhelan conquistar esa tierra rojiza y rebelde; organizan la minga (reparto de tareas) como los antiguos incas y sus trabajos comunitarios.