Aquí la selva es tupida y agresiva; su flora es imaginativa, impactante, intensa; la humedad es perpetua. Sin embargo la tierra es fértil y benigna como el vientre de sus pobladoras. Por eso hay algunos beneficios mas, el lugareño busca estos montes, aun sabiendo que para lograr el reto de conquistarla, requiere mucha dedicación, constancia, sudores y fuerza de voluntad.

Pasaron tantos años… para descubrir el encanto de esos amaneceres tan peculiares de la selva y los atardeceres profundos, a veces tristes por la música de los batracios, de los charcos de aguas sucias que pronuncian y murmullos misteriosos.

Creo que después de tantas experiencias, mis hermanos y yo coincidimos en que, en esos días aprendimos a conocer, apreciar y acariciar la naturaleza.

El pueblo era grande, hay muchas casas de madera y otras muchas de ladrillo rojo, algunas con azulejos (influencia brasileña) y los techos eran de palma de los aguajales, otras de tejas rojas; y el polvo de sus calles, sin veredas, ni aceras, solo tierra rojiza y arcillosa.

La casa de la tía abuela era grande, de madera, de una sola planta con techo de tejas, muy espaciosa como tantas otras del lugar, con mucho fondo, que cuando estábamos al final de la casa tardábamos en llegar a la puerta principal.

La parte trasera me agradaba, se distinguía del resto; había inmensos árboles que nos regalaban sombra y nos brindaban sus frutos salvajes y autóctonos como los mameyes, zapotes, caimitos, huitos, parinaris, taperibas, cidras, guabas y otros tantos característicos del lugar.

Me gustaba ver y sentir las lluvias que eran verdaderas tormentas, los amplios ventanales de la casa, nos daban el privilegio de tan singular escena, disfrutábamos del placer de mojarnos, de abrir de par en par esas ventanas, aun con el riesgo de que mosquitos y zancudos penetraran en las habitaciones y tuvieran un banquete con extraños recién llegados.

Nos quedábamos dormidos; algunas veces relajados, con esa sensación sonora de escuchar y sentir la lluvia caer en los tejados; y que al despertar aún esta intacto en las profundidades de mi memoria. cuando la luz del día entraba, y los rayos del sol nos abrazaba para hacernos sentir con fuerza su presencia; las transpiraciones y ese olor a tierra húmeda nos despertaba; me atraía salir a caminar por el huerto y ver las raíces de aquellos árboles tan grandes que salían de la tierra, y dejaban a la vista enormes nidos de hormigas negras y rojas; nuestras mentes perversas copian una hormiga negra y la introducíamos en el nido de hormigas rojas, el resultado, la pobre hormiga negra a pesar de su lucha, desaparecía, igual hacíamos en el nido de hormigas negras, introducíamos una roja, el resultado: fatalidad.